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11 de julio de 2017

Entre la investigación y el artefacto

Por Antonio Rivero Machina

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La propuesta lanzada por Amador Palacios en La flor de humo (Ediciones Vitruvio, 2015) constituye, como poco, todo un desafío. Un enorme desafío para su autor, por las razones que ahora diremos. Un sugerente desafío, igualmente, para el lector, por motivos semejantes. Efectivamente, Palacios ha titulado –y sobre todo subtitulado– su extenso estudio sobre el poeta palentino de la siguiente manera: La flor de humo (Autobiografía apócrifa de Gabino-Alejandro Carriedo). Con este artificio, declarado desde el mismo punto de partida, Palacios se sitúa en un espacio indeterminado entre la biografía, la ficción –desde el momento en que un Carriedo póstumo se narra– y el ensayo crítico. Un ejercicio de funambulismo prácticamente imposible en el que resulta muy difícil cruzar al otro extremo del fino cable tendido sobre el abismo sin alguna vacilación. Palacios, en cualquier caso, cruza el abismo. No es pequeña hazaña.
Pero es que la cosa no se queda aquí. En la portadilla de La flor de humo advertimos un segundo subtítulo que reza así: Un relato interpretativo de la poesía española durante el franquismo. ¿Estamos pues ante una monografía sobre el autor de La sal de Dios o ante una panorámica de la poesía española durante las décadas centrales del siglo XX? La respuesta, como ya sospecharán, es que ambas –y, si somos puristas con los géneros académicos, ninguna–. Ya avisábamos: La flor de humo es todo un reto desquiciante y delicioso.

19 de mayo de 2016

El fervor de Miguel Floriano

Por Antonio Rivero Machina

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Dediquemos ahora unas líneas al fervor de otro joven poeta. Es Miguel Floriano Traseira (Oviedo, 1992) miembro de la autodenominada «curia secreta del Patarrealismo salvaje», si bien de secreta ya le va quedando poco. De manera constante y consciente, este grupo de jóvenes escritores asturianos –todos poetas y algo más– va asomando sus patitas salvajes por los umbrales del canon por venir. Sin embargo, las primeras huellas que esta sociedad poética nos va dejando sobre el parqué de nuestro parnaso, pese al desafiante epónimo con el que firman sus manifiestos colectivos, lejos de ensuciarlo con fango y ruido de ocasión –y no digamos más– hacen de la exigencia formal una de sus señas de identidad. Su desafío salvaje, aunque sé que se reservan otros registros en el cajón, va por estos últimos y domesticados derroteros. Y entiéndase esto último –lo de domesticado– como elogio, y no como desdoro. Porque el desafío de este grupo emergente –hacía tiempo que nuestra historia literaria no se encontraba ante una voluntad colectiva tan coherentemente premeditada– radica en su descarado fervor por tensar los límites y posibilidades del ejercicio poético más exigente.
Junto a Floriano, encontramos como patarrealistas destacados los nombres de Diego Álvarez Miguel (Oviedo, 1990), que con su Hidratante Olivia mereció el XXX Premio Hiperión en 2015; Xaime Martínez (Oviedo, 1993), quien también ha publicado en Hiperión su Fuego cruzado, a la sazón premio Antonio Carvajal en 2014; o el de Rodrigo Olay (Noreña, 1989), autor entre otros del poemario La víspera, publicado en 2014 en La Isla de Siltolá. Porque el caso es que, patarrealistas o no, Asturias prodiga últimamente jóvenes poetas a tener, como poco, en cuenta. Desde Pablo Núñez (Langreo, 1980), Sofía Castañón (Gijón, 1983), Carlos Iglesias Díez (Oviedo, 1983), Laura Casielles (Pola de Siero, 1986) o Alba González Sanz (Oviedo, 1986) a las más jóvenes Ruth Llana (Asturias, 1990), Sara Torres (Gijón, 1991) y Raquel Fernández Menéndez (Salas, 1993), entre otras voces. Todas ellas catalizadas por la excelente revista Anáfora, que suma ya cinco números desde mayo de 2014.
Es pues en este contexto digamos extraliterario en el que se inserta, como punto de partida, la iniciada trayectoria poética del autor de Quizás el fervor. Ha publicado también Floriano los poemarios Diablos y virtudes (Málaga, Seleer, 2013), Tratado de identidad (Barcelona, Ediciones Oblicuas, 2015) y la plaquette Solícito adiós (poemas acuciados) (Gijón, Heracles y nosotros, 2015). No escamotea tampoco un torrente de poemas por editar, junto a reseñas y comentarios diversos, en su Lujuria crítica, blog personal de elocuente título.

2 de mayo de 2015

En cuanto el sol perdura. Leyendo al poeta António Ramos Rosa

Por Antonio Rivero Machina

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No vamos a descubrir ningún recóndito portento, ni es esta la reivindicación de un poeta raro, conocido apenas por un círculo selecto e iniciado en elitistas minorías. António Ramos Rosa es uno de esos contados escritores cuya muerte, ocurrida en el no muy lejano septiembre de 2013, merece al menos un espacio de cuarenta y cinco segundos en los telediarios de su país. En la prensa española, una digna necrológica en El País del 9 de octubre de 2013 nos informaba de su fallecimiento. Su figura se presta fácilmente al mito. Su biografía no ha de ser laboriosamente adornada por el crítico, o cubierta con un decoroso manto de silencio sobre algún capítulo turbio de su pasado. Porque el autor de O grito claro se significó sin ambages –bien que sin caer en el temerario heroísmo cacareado por tantos y practicado por tan pocos– en contra de un Estado Novo salazarista en el que le tocó vivir y crecer como poeta. No caeremos pues en la hagiografía fácil, que la vida honesta de este militante del Movimento de Unidade Democrática se basta por sí sola ante la historia. Tampoco repetiremos en innecesario refrito lo que sus principales analistas –Ana Paula Coutinho Mendes, António Guerreiro– han dicho con probable acierto sobre su poesía elemental y desnuda, sobre sus tres etapas, sobre sus influencias ora pessoanas, ora budistas, ora presocráticas.
Baste decir que Ramos Rosa nació al sur del Algarve, en la costera ciudad de Faro, el año de 1924. Mirando en el espejo ibérico, diremos que fue un año mayor que Ángel González o Ignacio Aldecoa, dos que Caballero Bonald y José María Valverde. Baste a ello añadir que en la década de los cincuenta, desde la revista Árvore (1951-1953) –seguida de Cassiopeia (1956) y Cadernos do Meio-dia (1958-1960)– que él mismo comandaba, levantó junto a sus compañeros de generación nuevas propuestas poéticas más allá de neorrealismos militantes y presencismos trasnochados. Vinieron a insertarse así en un panorama ya de por sí rico y variado –merced a los mayores Miguel Torga, Casais Monteiro, Alberto de Serpa, Eugénio de Andrade, Jorge de Sena, Sophia de Mello Breyner y otros tantos–, al que también se sumaban los surrealistas de Lisboa –Mário Cesariny, Alexandre O´Neill– de su misma generación. Ramos Rosa y los suyos apostaron, sin embargo, por la búsqueda de un lenguaje poético elemental que tuviera en lo humano su médula poemática.

1 de mayo de 2015

“Más interesante que ser los primeros o los segundos es hacer las cosas bien. Eso es lo que al final cuenta”. Entrevista a Antonio Sáez Delgado

Por Antonio Rivero Machina

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Nos citamos en un céntrico café de Badajoz con Antonio Sáez Salgado, ese cacereño que habita desde hace años la frontera con el Alentejo como espacio exacto en el que ubicarse. Galardonado hace menos de un año con el Premio Eduardo Lourenço, reservado a quienes más hacen por el entendimiento a uno y otro lado de La Raya y sus culturas, en el trato personal es siempre sencillo y de gestos francos. Profesor de literatura española, comparada y de traducción en la Universidad de Évora, Sáez Delgado acumula una importante bibliografía académica en torno a las relaciones literarias peninsulares durante el primer tercio del siglo XX en volúmenes como Órficos y ultraístas (ERE, 2000), Corredores de fondo (Llibros del Pexe, 2003) o sus viejos y nuevos Espíritus contemporáneos (Renacimiento, 2008 y 2012). Como traductor ha vertido al castellano nombres tan diversos como Fialho de Almeida, Fernando Pinto do Amaral, António Lobo Antunes, Mário de Carvalho, José Gil, Valter Hugo Mãe, Paulo José Miranda, Teixeira de Pascoaes, José Luis Peixoto, Eduardo Pitta o Fernando Pessoa. Una labor que no se contenta con ello. Antonio Sáez Delgado es también autor de sus palabras en libros que, más allá de géneros, exploran su propio timbre. Así en los poemarios Miradores (Del Oeste Ediciones, 1997) y Ruinas (ERE, 2001), en el dietario En otra patria (Llibros del pexe, 2005) o en el más reciente Yo menos yo (De la luna libros, 2012).
Llegamos puntuales a la cita, a despecho de tópicos nacionales y demás imagologías sobre el español y el portugués, o peor aún, sobre el extremeño y el alentejano, que un poco de todo y de nada nos sentimos ambos. Elegimos un café tranquilo, sin mucha concurrencia, para mejor desempeño de mi grabadora. Media la mañana y un precoz sol de primavera invita a un paradójico optimismo. Antonio se pide un zumo de naranja natural –haremos caso a don Quijote en eso de detallar las viandas de los personajes– y yo un descafeinado de máquina. Charlamos un rato del presente social, económico y académico de esta Europa nuestra hasta que la conversación desemboca, como no podía ser de otra manera, en Fernando Pessoa y su ya centenario desasosiego.